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sábado, 2 de noviembre de 2013

¿Qué ver? Cine de terror Parte 1.



En estas fechas cuando la gente pregunta por recomendaciones de películas de terror para ver siempre les van a decir que las películas actuales como Saw, Sé lo que hicieron el verano pasado, leyenda urbana, Scream y esas no valen y siempre recomendarán las mismas. Las que clásicas que todos mundo conoce y ha visto infinidad de veces, siempre van a hablar de Psicosis, El exorcista, Halloween, It, La niebla, La Cosa, Drácul, El resplandor y bla, bla. Esas películas son las que siempre estarán en lso festivales, siempre pondrán en la televisión y ya todos las conocen hasta el cansancio. Y es lo que yo llamo terror blando, porque la verdad ni son demasiado terroríficas, ni creo que haya diez personas que no las conozcan como para que sea necesario que se las recomienden una y otra vez.
Si quieren ver terror duro, un cine que sea más complicado de ver, que difícilmente conozcan que no sólo les de miedo sino que a veces les deje con una pregunta como diciendo: “¿Qué carajos acabo de ver?”, “no sé, pero me gustó”. Aquí les va unas recomendaciones para este mes de los muertos:
En orden de me acuerdo, no de mejor a menor, empezamos con cine francés.
Inside/À l'intérieur (Al interior) (2007) de Julien Maury and Alexandre Bustillo.
La película se centra en Sarah, una mujer de casi 9 meses de embarazo, a un par de semanas de dar a luz, que vive sola. Y una noche es acosada por un mujer que invade su propiedad con la idea de destazarla y robarle su bebé no nato.
Película del nuevo cine de terror francés, de alta dosis de sangre, del género gore no apto para cualquier estómago ya que sus escenas pueden ser muy gráficas y sólo los ojos experimentados en el terror duro podrán apreciar.
La Horde (2009) de Yannick Dahan y Benjamin Rocher.
En una época donde se han realizado película de zombies hasta el cansancio abandonando cada vez más el género de terror llegando incluso a la comedia, La Horde es una cinta que retorna al miedo de muertos vivientes, a la sangre, a los personajes fuertes y escenas duras.
La historia habla de un grupo de policías cuyo jefe ha sido asesinado de una manera cruel y despiadada. Lo han arrojado a la basura en calzoncillos por unos líderes de la droga que gobiernan todo desde un edificio en un barrio de mala muerte en París.
Lo que al inicio parece ser una película de policías y criminales se torna de terror ante el inminente resurgimiento de los muertos como zombies, los cuales se mueven de una manera veloz, con una fuerza sorprendente, dientes afilados y un bestial deseo de sangre. Policías y criminales tienen que unir fuerzas para defenderse e intentar sobrevivir ante el ataque despiadado de la horda.
Strange Circus/ Kimyō na sākasu (2005) de Sion Sono.
Un director de escuela, Ozawa Gozo, viola a su hija, Mitsuko, después de que ella ve a sus padres teniendo sexo. Su madre Sayuri queda como testigo de la violación. Gozo ahora las somete a violaciones tanto como le plazca. Hay incesto, suicidio y asesinato. Existe además una escritora que relata todo, Taeko. Esta tiene una asistente Yuji, un joven que desea descubrir la realidad de toda esta historia, del pasado de Taeko, y de una habitación cerrada con llave en su apartamento. Pero la realidad puede ser muy difícil de entender y aceptar.
Strange circus es una cinta fuerte, con unos personajes sumamente complicados y una de las narrativas argumentales más complejas y extrañas que he visto en el cine. Sion Sono es un director arriesgado, difícil que no tiene ningún miedo es mostrar escenas terroríficas como confusamente despiadadas.
Verse con sello de advertencia.
El círculo Suicida/Jisatsu Sākuru (Suicide circle) 2002 de Sion Sono.
Igual que en la cinta Strange Circus, Sion Sono nos narra una cinta extremadamente compleja y extraña que se necesita verse de dos a tres veces para tratar de comprenderla. Hay escenas confusas, de una filosofía extraña y un mensaje que hay que poner en consideración después de ver la cinta, platicarla con los amigos para tratar de hallar una solución a lo que se Sono desea decir.
Eso por un lado, por otro es una película que crítica la forma de vida actual y el estado emocional del ser humano en un mundo banal y extraño, con personas que desean convertirse en asesinos sólo por la fama y niños que no soportan el mundo que les han dejado los adultos. Y la fascinación ante la frivolidad representada en el suicidio.
Al inicio 54 colegialas se quitan la vida arrojándose al mismo tiempo a las vías del metro atiborrando los andenes de sangre y una masa amorfa de carne, huesos y líquido carmesí. Uno de las muertes masivas más sangrientas en la historia del cine.
A partir de ahí el detective Kuroda comienza a investigar el caso con más preguntas que respuestas. La noticia hechiza a todo mundo, especialmente a la juventud y comienzan a sucederse suicidios masivos por todo Japón lo que da pie a más preguntas haciendo el caso para Kuroda aún más complicado.
Extraña, agresiva y sumamente recomendable.
Kairo/Pulse (2001) de Kiyoshi Kurosawa.
Kairo es una película de fantasmas japoneses que entró al mapa en el occidente gracias a la versión estadounidense que sacaron en el 2006 de nombre Pulse y que no vale la pena ver. Lo mejor es irse a la original y buscarla por muy difícil que sea de hallar.
La historia se cuenta en dos líneas temporales paralalelas, por un lado tenemos a una mujer llamada Kudo Michi que trabaja en una empresa donde un compañero suyo Taguchi ha trabajado en un disquete y por ello ha faltado varios días al trabajo. Preocupado por su salud Kudo va a verlo a su casa para descubrirlo con cierta pesadez que la extraña al principio. Pero Taguchi se muestra mejor ante ella y le entrega el disquete el cual ha trabajado. Ahí, sin que ella lo note y para su sorpresa Taguchi se quita la vida. Y la única pista para saber el por qué de su suicidio es el disquete que aparentemente lo obligó a matarse.
La otra historia es sobre Ryosuke, un estudiante de economía que recién comienza a conocer el Internet. Instyala el programa en su computadora y empieza a navegar para ver cuál es la fascinación hacia la red. Su ordenador, por iniciativa propia accede a una página que le muestra una serie de imágenes turbias de gente sola, en la oscuridad y representaciones pictóricas bizarras las que asustan a Ryosuke y lo forzan a apagar la computadora.
A partir de estos dos inicios, Kiyoshi Kurosawa nos introduce en un mundo gobernador por las nuevas tecnologías, en este caso la internet, que abre una especie de puerta a lo sobrenatural. Deja pasar fantasmas que más que atacar de una manera violenta y sangrienta a sus víctimas lo hace de una forma psicológica y demencial.
La película es compleja, las escenas son filosóficas y confusas. Pero es miedo es latente. El espectador podrá verla, no entenderá lo que está pasando pero sentirá miedo, incluso angustia y desesperación.
Al final habrá más preguntas que respuestas y si quieren saber exactamente de qué trató podrán ir al refrito el cual deja absolutamente todo bien explicado con manzanitas y es una de las cosas por las cuales el remedo es de lo peor que se ha visto en el cine.
La trilogía de Fritt Vilt.
Fritt Vilt/Cold Prey (2006) de Roar Uthaug.
Fritt Vilt II /Cold Prey 2: Resurrection (2008) de Mats Stenberg.
Fritt Vilt III /Cold Prey 3 (2010) de Mikkel Brænne Sandemose
La saga de Fritt Vilt es una serie de películas noruegas slasher (subgénero del cine de terror cuya característica principal es la presencia de un psicópata que asesina brutalmente a adolescentes como ejemplo tenemos películas como Viernes 13, Halloween, La masacre de Texas, y otras más).
En esta ocasión la cinta slasher le corresponde a Noruega en paisajes nevados con una alta presencia del color blanco, en días soleados que nos muestran una fotografía diferente a la oscuridad eterna de las películas estadounidenses.
La sinopsis es sencilla un grupo de jóvenes va a disfrutar de los juegos en la nieve en Jotunheimen. Uno de ellos tiene un accidente y se rompe una pierna, lo tienen que llevar a salvo y descubren un hotel abandonado del que no saben nada pero está seco y caliente a donde tienen que refugiarse sólo para descubrir que existe un asesino de rostro extraño que los persigue toda la historia. Incluso en la segunda parte persiste la persecución y en la tercera es una precuela donde se cuentan los orígenes del asesino. .
Lo que me gusta de esta película, en primera es que no es de USA y por lo tanto no repite los mismos clichés que ya saturan el cine estadounidense. Tienen una mirada más innovadora y fresca. Los personajes son atractivos y con carisma y el asesino no es un superhombre de fuerza sobrehumana como Jason y Mickey Mayers que ya parecen de caricatura.
El personaje femenino en donde recae la historia, Jannicke, genera atracción para con el espectador y la sigue uno todo el tiempo con deseos de que pueda librarse del asesino.
Tiene muy buenas escenas de violencia y estrés que vale la pena ver la trilogía completa.
La saga de Ginger Snaps.
Feroz/Ginger Snaps (2001) de John Fawcett.
Ginger Snaps 2: Los Maldito/Ginger Snaps 2: Unleashed (2003) de Brett Sullivan.
Feroz: El Comienzo/Ginger Snaps Back: The Beginning (2004) de Grant Harvey.
Ginger Snaps es una serie de películas que aborda la relación de dos hermanas, Brigitte y Ginger, que aborrecen a los jóvenes de su edad por triviales. Los adultos no las entienden y son absurdos. Las hermanas son antisociales y, dado su aislamiento emocional, deciden pactar: a los dieciséis años, o juntas para siempre, o muertas. De este modo fantaseando continuamente con el suicidio, hasta que una bestia ataca a la hermosa Ginger, y comienza a transformarse en una mujer lobo.
Lo interesante que tiene esta película es que en un cine donde los hombres lobo nunca han sido personajes bien tratados y no dejan de ser animales que atacan de manera sangrienta a todo mundo sin llegar a algo más, en Ginger Snaps la historia, o la anécdota crece a un nivel mayor. Especialmente para la segunda parte donde la trama se transporta a un centro psiquiátrico y hay, además de hombres lobo, enfermedades mentales y adiciones, así como personajes complejos, extraños y carismáticos.
En la tercera parta la historia no sitúa en el pasado, es una precuela con siglos de anterioridad mostrándonos a las dos hermanas, pero no Brigitte y Ginger de los anteriores filmes, sino a sus ascendientes del siglo XIX en 1815.
Algo muy bueno que tiene Ginger Snaps es el uso de maquillaje convencional, prostéticos, animatronics y transformación con base en FX a la vieja usanza; en una época donde el cine está saturado de efectos digitales que se ven más falsos y de caricatura.
Además las películas sitúan a los hombres lobo en situaciones reales o contemporáneas como la menstruación, una droga—o vacuna—que puede detener el proceso de la transformación y el suicidio. El estado mental, la automutilación.
No es sólo una simple película de terror, sino un estado emocional y físico femenino lo que lo hace interesante ya que lleva a las películas a otro grado más inteligente que sólo feroces animales que matan por la simple sangre.
Y si hablamos de zombies, más que La noche de los muertos vivientes (que todo mundo conoce y no tiene caso repetir), mi favorita, por sobre todas, es el dúo de películas de Andrew Parkinson:
I, Zombie: A Chronicle of Pain (1998) y Criaturas muertas (2001).
En estas películas hace lo que muy pocos directores pueden hacer con el género zombi y eso es, revolucionarlo, esto es, reinventarlo. Así como George Romero reinventó el género en el 68, Parkinson le da un giro de 180° y lo coloca en otro nivel. En un nivel incluso más profundo y doloroso que Romero, pero más desconocido. Y es que lo que tiene Parkinson en contra es que son películas de bajo presupuesto, con una mínima cantidad de crew y extremadamente poca distribución. Conocida sólo por los seguidores y admiradores netos del género, I, zombi y Criaturas muertas desaparecieron del mapa y casi nadie las conoce.
¿Y qué es lo interesante de estas películas? Lo que importa tanto de ellas es que más que cintas de terror, son del género drama, de soledad, tristeza y depresión absoluta.
Ambas películas cuentan una historia de muertos vivientes desde el punto de vista del zombi.
En Yo, Zombie, crónica de un dolor. Andrew Parkinson nos habla de Mark, un joven investigador que viaja al bosque para extraer material de investigación y descubre un viejo vagón donde hay una chica aparentemente lesionada la cual toma en sus brazos para llevarla a un hospital para que le asistan sus heridas. Al hacer esto la mujer lo muerde en el cuello y a partir de ahí Mark se infecta y comienza a morir y descomponerse. Se transforma en un muerto viviente pero con la conciencia de un Mark normal, sin perder sus recuerdos ni deseos ni dejar de ser humano, por lo menos en lo que a metal y emocionalmente se refiere.
Le nace un deseo mordaz hacia la sangre y la carne. No puede comer otra cosa y se hace adicto a ella.
Al morir y ser ya un zombie sabe que no puede convivir con la gente real, no puede tener trabajo ni una relación amorosa ni amistosa ni social de ningún tipo, por lo que, a pesar del dolor que eso conlleva, Mark abandona todo rastro de su vida anterior y se convierte en un paria, en un vagabundo, un solitario que se niega a alimentarse—retrasándolo lo más posible—hasta que el dolor es insoportable y tiene que matar para calmar el sufrimiento.
Criaturas muertas tuvo un poco más de presupuesto y más equipo de trabajo lo que hizo posible que la historia, en esta ocasión nos mostrara, no sólo a un zombi, sino ahora un grupo de chicas que viven el mismo tormento que Mark. Todas ellas están infectadas y deben darle la espalda a su vida anteriores, abandonar a sus padres, amigos, parejas, escuela, sueños, todo y sobrevivir en un estado físico que se está pudriendo cada vez más y con una adicción sobrehumana a la sangre.
Parkinson nos muestra un mundo de soledad, depresión y tristeza poderosa con escenas fuertes y dolorosas. Retrata muy bien el vacío de los personajes y se siente uno miserable cuando los ve sufrir—mental y corporalmente.
Lástima que sea poco conocida, pero sí es altamente recomendable.

Y bueno, hay más películas, esto es sólo la primera parte de mis recomendaciones para un cine de terror para estas fechas.

domingo, 21 de octubre de 2012

Mis influencias Parte I (Lovecraft)



     Otra pregunta que me han hecho es ¿cuáles son mis influencias?
     Bueno, son varias. Tengo varios autores que me han gustado y han influido en algunos de los cuentos y otros más en toda mi literatura. Leí diversos autores en diferidas etapas de mi vida por lo que la respuesta depende de la época. en mi niñez leí a Charles Dickens pero no influyó demasiado en mi literatura—mis primeros cuentos datan desde los 6 años—. La época que sí influyó en mí y que se podría decir que ya empecé a escribir mejor, con un sentido de la narración fue en mi adolescencia. Y en esa época comencé a leer la ciencia ficción y el terror.
     Y del terror es mayor autor que influyó en mí—como lo hizo en muchas otros autores—fue Howard Phillips Lovecraft.
     Recuerdo que la primera historia que leí de él fue La música de Erich Zann. La leí en una revista literaria que se publicaba en México en décadas anteriores de nombre "El cuento". Creo que fue el primer relato que jamás leí de esa revista. Mis padres la compraban desde que era muy pequeño, pero cuando ya me empezó a interesar la lectura tomé uno de los ejemplares y al hojearla abrí—sin apresurarlo— en el relato de Lovecraft.
     Lo leí de corrido, el tema me interesó y su narración me atrapó enseguida. No recuerdo haber sentido miedo ni un resfriado corriéndome por la espalda, pero sí me encantó el estilo, la forma y el tema. Me pareció fascinante y a partir de ahí comencé a buscar el resto de sus cuentos.
     No fue difícil, en poco tiempo ya había conseguido prácticamente sus obras completas y aunque siempre fue difícil para mí decir cuál me gustaba más, la historia que leí de él repetidas veces fue El caso de Charles Dexter Ward, incluso hoy día, cuando no tengo nada a la mano y han pasado desde que hallo algún libro estiro la mano y releo la obra.
     Lo que más me gusta es toda la primera parte donde se habla de Joseph Curwen, los ritos alquimistas con propósitos nigrománticos y toda la historia que conlleva la ascendencia de Charles Dexter Ward.
     La manera de relatar de Lovecraft me maravilla. Remontarse a tiempos antiguos y perderse en el pasado es lo que más me encanta. Si para Lovecraft el pasado lo atraía, para mí me fascina. Se puede degustar el tiempo en su lectura, el sabor de las palabras se aprisionan y me imposibilitan abandonar el libro.
     Los monstruos de Lovecraft no indescriptibles, lo que lo hace más interesante. No sólo porque uno le da forma, sino porque el terror es más fuerte—se teme a lo desconocido—y puedo decir abiertamente que sólo las obras de Lovecraft me han dado miedo.
     Me gusta el terror en la literatura y en toda mi adolescencia prácticamente sólo leía terror y ciencia ficción. Autores como Campbell, King, Barker, Brown, enfilaron por mi casa, pero sólo Lovecraft me da miedo. Los otros sólo me gustaban, me divertían algunos pasajes pero miedo real, lo que se dice miedo de voltear atrás cuando pasaba la hoja; de escuchar pasos en el piso de abajo cuando degustaba oraciones, sólo Lovecraft lo hizo. Y por eso es mi autor de literatura de terror favorito. Y durante la época de mi adolescencia, cuando escribía historias de miedo mi inspiración era Lovecraft y me remitía a él al crear paisajes y atmósferas terroríficas.
     Y aunque el estilo lovecraftiano duró sólo en la época del bachiller ya que después salté a otros autores—como Kafka—, hace poco lo homenajeé en el cuento Flujo temporal en la pálida luz de la luna de agosto, es una historia actual, con avances tecnológicos modernos, que si bien es de ciencia ficción, remite con pasajes de terror y en su narración al más puro estilo de Lovecraft y diría que pertenece—o busca pertenecer—al los mitos de Cthulhu.

viernes, 22 de junio de 2012

Doppelgänger


—No me gustan los pueblos pequeños—me dijo—. Me siento muy extraña en ellos, como si me hubieren alcanzado y tengo miedo de toparme a mí misma en cualquier momento. Por eso viajo, por eso me mantengo constantemente yendo de un lugar a otro.
»Sé que viviendo así nunca haré raíces.
»Sé que este tipo de vida no cualquiera podría sostenerlo, soportarlo y seguirlo. Lo sé. Y… y… no me importa—dijo y mintió. Lo supe porque se le quebró la voz y el brillo de sus ojos hacía mucho que había desaparecido.
No quise preguntarle nada, supuse que las razones por las cuales había decidido vivir así sólo le correspondían a ella. Pero también tenía ganas de platicar, quizá desahogarse de una forma u otra. O quizá a todo aquél que conocía en su viaje eterno le contaba la misma historia una y otra vez tal vez sino buscando ayuda, por lo menos cierta simpatía. Así que la escuche, durante toda la noche la escuché.
Viajábamos en tren de Venecia a Viena. A pesar de que yo tenía el boleto de primera clase del eurorail que había comprado desde México tiempo atrás cuando me hice de los boletos y arreglos necesarios para mi viaje a Europa, la demanda de trenes a Viena era tanta que apenas si alcancé a tomar el tren pero no pude conseguir asiento ya que estaba completamente lleno así que al igual que una gran mayoría tuve que viajar toda la noche en los pasillos del tren.
Irme parado era demasiado cansado por lo que me fui a la cafetería y ahí estuve perdiendo el tiempo, aguantando el sueño lo más posible antes de que cerraran y tuviera que regresar una vez más al pasillo o a vagar por todo el tren hasta que amaneciera.
Ahí la conocí, también esperaba en la cafetería con un trago y un bocadillo hasta que el viaje concluyera y arribáramos finalmente a Viena.
El inicio de la conversación fue algo torpe, hablamos del viaje y de lo molesto que es pasar la noche en un tren sin tener un asiento.
No recuerdo quién habló primero, tal vez ella o quizá lo hice yo para pasar el tiempo. En esas condiciones de viaje, una plática con una chica hermosa era lo más urgente que se necesitaba para pasar el tiempo, y ella era hermosa. Es sólo que cargaba con algo en su alma, lo presentí enseguida, pero hablar no sólo me servía a mí, supuse que también a ella.
—¿Cuánto tiempo llevas viajando?—me preguntó.
—Un mes, más o menos. ¿Y tú?
—Quince años.
—¿Quince?
—Sí, soy una fugitiva—me informó.
Me preocupé un poco, andar con criminales no es mi estilo, ni siquiera me paso un alto.
—Sí, pero no ese tipo de fugitiva. La ley no me persigue, es algo más. Más etéreo—dijo y el rostro le cambió. Se puso triste, o quizá algo peor.
Se llamaba Chiaki, era de un pequeño pueblo desconocido de la prefectura de Nagano, en la isla de Honshū en Japón, tenía unos 34 años y había vivido en varias partes del mundo, incluyendo América Latina donde había aprendido español, cuando supo que yo era mexicano entonces dejamos el inglés que es el idioma con el cual nos presentamos y proseguimos la charla en español. De hecho eso le gustó mucho porque no tenía intenciones de que todos los presentes a nuestros alrededor—que también les había tocado viajar sin asiento—se enteraran de lo que conversábamos.
—En ese entonces yo estudiaba el tercer grado del kōtōgakkō (la Escuela Media Superior, lo que sería la preparatoria), tenía unos 17 años, 18 tal vez, ya ni siquiera lo recuerdo—y comenzó a narrar. Empezamos en la cafetería hasta que la cerraron y tuvimos que irnos a los pasillos, deambulamos por todo el tren, a veces en la ventana abierta sintiendo el aire, y otras veces sentados en el suelo. No dejamos de hablar, siempre atentos a lo que decía, la interrumpí un par de veces y dejé que sus emociones cargaran la narración lo mejor que podía y cuando el miedo o la desesperación la desconcentraba le daba fuerzas y aunque le decía que si lo deseaba podíamos cambiar el tema, no lo hizo. Continuó hasta que su narración concluyó y yo me enteré de su historia.
El relato comenzó con sus amigas. Chiaki pertenecía a un grupo de bellas chicas populares en la escuela, tenían algunos pretendientes, pero no les hacían caso a ningún chico. Disfrutaban su feminidad y hacerse las interesantes aunque en el fondo ellas querían algo serio y tener un novio.
Su mejor amiga se llamaba Asuka y en sí con ella había iniciado todo.
Un día habían salido a una reunión en casa de una de ellas. Chiaki me contó que en su pueblo no había mucho que hacer, las chicas tenían la desesperación de unas adolescentes que querían conocer mundo, y deseaban con todas sus ganas vivir en Kyoto, Osaka, Okinawa, Tokyo o en alguna ciudad grande, ver algo más que las montañas y perderse en las grandes construcciones, conocer gente todos los días más allá de los mismos rostros que veían constantemente en el pequeño pueblo y envolverse en varias culturas. Así que cuando se reunían en casa de alguna de ellas se comportaban como si estuvieran en un departamento de una metrópoli importante y gigantesca. Oían música moderna, veían televisión, la tenían decorada con lo más tecnológico y moderno posible. Disfrutaba sus reuniones de todos los fines de semanas. Y usualmente se quedaban a dormir ahí haciendo una pijamada, pero ese día Asuka tenía que llegar a casa y tuvo que irse temprano.
No era un viaje largo a su morada y no aceptó que la acompañaran, en cambio las dejó ahí divirtiéndose y ella se marchó. Tomó el viaje más corto a su domicilio y se metió al parque que si bien no era muy noche, y aún había gente en él, siempre le había parecido tenebroso. Chiaki dijo que era por las pequeñas esculturas esparcidas en ciertos puntos específicos del parque, esculturas en honor de algunos demonios Yōkai[1]. Se decían que era por protección ya que en esa región, cientos años atrás, en los tiempos del Japón en guerra hubo muchos avistamientos de demonios que asustó a los pobladores y desde entonces construyeron esos monumentos para adorarlos y que los dejaran convivir en paz.
No obstante, Asuka no se sentía en paz. Usualmente evitaba el parque pero era el camino más corto y lo que quería era llegar a casa. Así que lo cruzó y fue entonces que lo vio.
Primero creyó que era una chica cualquiera parada a lado de un árbol, tal vez esperando a su novio con quien se vería a escondidas, por lo que no se preocupó y siguió adelante, pero cuando pasó cerca de ella notó algo raro.
No era una simple chica, no parecía esperar a nadie, ni siquiera parecía viva. Sólo estaba ahí parada, con los brazos y las piernas acomodadas en una posición extraña e incluso imposible físicamente, pero lo más extraño de todo. Lo que en verdad le sorprendió hasta la médula es que esa chica parada a lado del árbol, era Asuka misma.
No alguien que se le parecía o quisiera imitarla, sino ella misma.
Asuka así lo sintió y así lo expresó todo el tiempo que platicó ese encuentro a sus amigas. La chica del árbol tenía la misma complexión, el mismo cabello, la misma ropa inclusive la misma cicatriz en el dedo meñique que se había hecho cuando era niña.
No era una imitación, era Asuka, lo sentía en todo su ser, era como cuando uno ve una fotografía de uno mismo, o se mira al espejo, o se ve en alguna videograbación y se sabe que es uno, inclusive cuando ni siquiera se enteró que le tomaron esa fotografía o lo grabaron en video.
Era ella y eso la aterró.
Asuka no esperó más, no quiso platicar con ella, sólo salió corriendo y no paró hasta llegar a su vivienda, ahí se encerró en su cuarto y se llenó de miedo.
Al día siguiente, en la escuela se lo comentó a las chicas y todas quisieron ir al parque a verificar. Asuka no quiso, tenía miedo, pero ellas insistieron, por lo que la chica aceptó con recelo.
Les indicó el camino y las llevó por el parque hacia el árbol.
Y efectivamente ahí estaba.
No parecía haberse movido, lucía como una estatua, la misma posición extraña de brazos y piernas; la misma expresión fría de la cara; lo mismo, excepto que ahora portaba el uniforme de la escuela y era como verla al espejo.
—Soy yo—dijo Asuka y le tembló la voz.
Las chicas creyeron que mentía, pero no. Ahí estaba, estuvo toda la noche y toda la mañana. No se movió, pero de alguna manera se cambió de ropa.
Chiaki llena de curiosidad se acercó a ella, estaba convencida que era una estatua o algo parecido ya que no se movía, pero cuando le acercó la mano a la nariz pudo sentir la exhalación de su respirar y sintió un escalofrío que la recorrió todo el cuerpo.
—¡Está viva!—gritó.
Las chicas se espantaron pero aún así la enfrentaron. Se aglomeraron alrededor de ella y empezaron a atosigarla.
¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿De dónde vienes? ¿Qué traes contra Asuka?
Pero la chica no hizo nada, ni siquiera se movió. Sólo permaneció ahí para recibir reclamos que se tornaron gritos e insultos, hasta que Asuka le dio un golpe.
Y Asuka gritó espantada.
—¿Qué pasó?
Asuka no se supo explicar, no estaba dura, su piel era normal, pudo sentir la carne, y el hueso debajo de ella, pero haberla golpeado le dio una sensación de pegarse a ella misma y ese sentimiento le hizo gritar y salir corriendo. Se fue tan desesperada que las demás chicas abandonaron a la doble y se alejaron de ahí lo más rápido posible.
Asuka no volvió al parque, en cambio las demás jovencitas sí regresaron y la chica siempre estaba ahí, inamovible, sin ninguna expresión, sólo le cambiaba la ropa y dependía de cuál usaba Asuka en ese momento, ya que no era una doble, era ella misma.
A partir de ahí Asuka comenzó a cambiar, se enfermó, se volvió callada y en su piel se esfumó el color, incluso sus cabellos perdieron textura. Sus amigas trataron de ayudarla, le jugaron bromas, le decían que no era de importancia, intentaron hacerla reír, pero Asuka ya no era la misma, tenía una depresión enorme o un miedo espantoso.
Entonces se distanció de todos y un día se negó a salir de casa. Las demás chicas la visitaron en su hogar, hasta los chicos del salón y de otros grados fueron a verla por su popularidad, pero Asuka nunca quiso salir y ya no regresó a la escuela.
Pero en cambio la Asuka del parque cada vez lucía mejor, seguía sin moverse pero lucía mejor, su piel tenía más color, su cabello más volumen, sus labios más rojos y el brillo en los ojos era más potente hasta que le agradó a todo mundo. Era como si se hubieran enamorado de ella. Ya nadie le reclamaba, ni le pedía ninguna explicación, sólo iban a verla y admirarla porque la Asuka del parque cada día era más hermosa. Su belleza crecía a pasos agigantados y todos querían una parte de ella. Nadie estaba exento de su belleza, los había cautivado a todos, hasta niños y ancianos. Era el ser más perfecto que jamás había vivido en la región y la llenaron de adornos y regalos.
Pero a Chiaki le asustaba, si bien podía ver su belleza, la expresión de sus ojos era tan fría que le provocaba escalofríos y la depresión de su amiga le preocupaba por lo que mientras los demás iban a adorar a la Asuka del parque, Chiaki visitaba constantemente a la Asuka real preguntando siempre por su salud.
Hasta que una semana después la dejaron entrar.
Era de noche, las luces estaban apagadas y sólo veía las siluetas de sus padres deambular por la casa.
—Hola, Chiaki—le dijo el señor Akiyama, padre de Asuka. Le pidió disculpas, pero Asuka no quería recibir visitas. Era imperativo que no dejaran entrar a nadie y tenían miedo de su salud—. Pero ya no podemos hacer nada—agregaron.
Chiaki sentía que había algo raro, pero no decía nada. Lo escuchaba en su voz, en sus movimientos.
El padre de Asuka sólo se paseaba de un lado a otro en el pasillo que sólo veía una silueta, y Matsuko, la madre, estaba sentada en la sala, sin decir nada.
—Asuka está en su cuarto—dijo el hombre—. No ha querido salir desde ese día. Le dejamos la comida en el suelo; le ponemos envases cuando quiere ir al baño y los entrega usados cuando ha terminado—caminó del pasillo a la sala y se acercó a su mujer para darle un beso—. No se ha bañado y el olor apesta en toda la casa. Pero la puerta está abierta, puedes entrar si quieres. Nosotros ya no podemos verla. Ya no tenemos nada que hacer—y el hombre se sentó a lado de su esposa y Chiaki escuchó algo extraño, como un tronido.
Llamó al señor, pero éste no respondió. Intentó de nuevo, pero no recibió nada de su parte, así que caminó a la sala donde estaban ambos padres sentados.
—¿Akiyama-san[2]?—preguntó, pero nada, sólo el silencio. Así que Chiaki prendió las luces para verlos bien y fue ahí que notó que los dos estaban colgados en la sala. Ambos tenían destrozados los cuellos y los cuerpos doblados parecían como si estuvieran sentados. La mujer hacía tiempo que había muerto pero el hombre se había suicidado justo en ese instante.
Chiaki sorprendida se hizo para atrás, dobló las rodillas y cayó al suelo.
En ese momento escuchó un grito que la llamaba por su nombre:
—¡Chiaki!—era una voz extraña, tan contraída como gruesa que le puso la dermis de gallina.
Provenía de la habitación de Asuka.
Tenía miedo de ir a ella, pero el grito continuó y la llamada se hizo tan insistente que Chiaki comenzó a arrastrarse hacia la recámara, llena de miedo, pero con más terror de negarse a obedecer que otra cosa.
Entonces abrió la puerta.
Las luces estaban apagadas, sólo entraba un poco de iridiscencia lunar, lo que le dejaba ver un poco: había basura esparcida por todo el cuarto, la cama estaba tirada, el colchón doblado en una esquina, insectos varios como cucarachas y moscas corrían y volaban por todos lados, se sentía el hedor a orín, estiércol y menstruación a cada paso. Había polvo en todas partes, la ropa tirada, hecha jirones. Era un chiquero, un completo basurero.
Asuka no parecía estar ahí, ni tirada en el suelo, ni escondida en el piso, ni metida en el armario. Simplemente no se le veía por ningún lado. Pero estaba ahí, Chiaki lo sabía, estuvo ahí todo ese tiempo.
—¡Chiaki!—escuchó su gruesa voz y ella supo que veía de adentro, justo de la habitación, pero de arriba, siempre vino de arriba. Así que Chiaki subió la cabeza y encontró a su mejor amiga pegada de espaldas en el techo de la habitación.
Su pijama estaba negro de tan sucia, roto por dondequiera; sus cabellos lucían quebrados, sin color, despeinados horrendamente; y su piel de un blanco imposible, seca, con cuarteaduras y agujeros a cada centímetro, sin vida, resequedad absoluta y escalofriante.
Y sus ojos…
Abiertos y grandes, de color lechoso, pero hinchados de sangre, sin córnea, con una mirada de odio como Gog y Magog a punto de destruirnos a todos.
Chiaki la vio, gritó llena de terror y quiso salir corriendo, pero Asuka movió la cabeza estirando el cuello forzándolo de una manera tal que tronaban cada uno de los huesos como un estruendo.
Cuando Chiaki dio un paso para atrás al intentar alejarse de ahí, Asuka sonriendo y abriendo las fauces como un demonio empezó a moverse igualmente. Siempre de espaldas por todo el techo, a la esquina y de ahí bajar por el muro hasta arrastrase por el piso, cada vez más rápido con movimientos extraños y físicamente irreales.
—¡Chiaki!—gritó Asuka y velozmente se abalanzó contra ella doblándose por el suelo, de espaldas, como un insectos poseído.
Chiaki se alejó como pudo tomando fuerzas de donde no sabía que había, le aventó lo que encontró a su paso y lo usó como arma mientras la perseguía por toda la casa, siempre gritando, siempre moviéndose extrañamente, siempre con odio.
Finalmente, sin saber cómo, Chiaki pudo escapar y salió a la calle donde se perdió entre las callejuelas. Asuka no salió a perseguirla, se quedó ahí en casa y Chiaki pudo llegar a la suya donde permaneció encerrada un par de días, llena de miedo y sin poder hablar.
No sabía si le creerían y ni siquiera sabía si lo que había visto era cierto.
Fue hasta que la visitó Yumi, otra de las chicas del grupo, que pensó que todo había sido un sueño. Nada había ocurrido, sólo una pesadilla.
—¿Y la Asuka del parque?—preguntó.
—¿Cuál Asuka, cuál parque?—le dijo. Yumi no recordaba nada, nunca había habido ninguna Asuka en ningún parque. Es más, nunca había habido ninguna Asuka.
—¿Qué?—dijo Chiaki sorprendida.
—¿Quién es Asuka?
Chiaki le explicó todo lo que pudo, le habló de su infancia, de cómo tenían pretendientes en la escuela; le habló del parque, de su doble, de cómo la habían visitado y de cuando salió corriendo asustada después de golpearla. Pero Yumi no lo recordaba, en lo que a ella se refería, Asuka nunca había existido. Incluso la casa donde Chiaki afirmaba que vivía estaba derruida. Era sólo unas ruinas de una casa vieja que quizá se había construido hacía más de un siglo. Todos los demás coincidían en ello. Los maestros, amigos de la escuela, sus propios padres: Asuka no existía, nunca lo había hecho. Era sólo una amiga imaginaria, un sueño, una ilusión.
Fue tanta la insistencia que Chiaki se convenció de ello y pensó que lo había soñado, era un sueño tan real que no pudo distinguir entre la realidad y la fantasía, así que regresó a la escuela y a su vida cotidiana.
Hasta que una semana más tarde, Yumi se topó consigo misma en una calle, a una cuadra de su casa; parada, sin hacer o decir nada, sólo ahí, con los brazos y las piernas en una posición incómoda y confusa. Sin ninguna expresión, con la misma ropa y exactamente la misma persona. Yumi se llenó de miedo.
A los tres días, Sanosuke, un amigo de ellas se encontró a sí mismo en la esquina de un restaurante. Saori se vio a la entrada del pueblo. Sayumi a las faldas de la montaña y Yuriko afuera de una veterinaria.
Poco a poco todo mundo comenzó a verse a sí mismos en todos lados. Y los seres llenaron todo el pueblo. Aparecían a cada rato en todas partes, siempre callados, estáticos, en extrañas posiciones, sin decir nada, sin responder a ninguna pregunta y sin poder deshacerse de ellos. Eran cientos, y todos eran reales, no dobles, eran ellos. La gente se veía a sí mismo, sin ninguna excusa. Los mismos rasgos, hasta el mínimo detalle, era exactos.
Chiaki les gritó a todos que no era un sueño, que ya lo había visto, que tenían que detenerlos y ella intentó hacerlo, incluso prendiendo fuego al doble de Hiroshi, una de sus amigas, pero fue detenida y obligada a marcharse. No la quisieron escuchar a pesar de sus gritos, pero lo que en verdad le asustó fue cuando a Hiroshi le apareció una quemadura en la cara, justo en el mismo lugar donde Chiaki había quemado a su doble.
Nadie podía defenderse, los seres repetidos estaban esparcidos por todo el pueblo, rígidos, imposible de deshacerse de ellos, y más que nada parecían más fuertes, por lo que aterró a todos e impactados se negaron a salir de sus casas. Se encerraron y perdieron comunicación entre ellos, no se hablaban entre sí, ya no se les veía en las calles y sólo se apreciaba a los seres dobles los cuales empezaron a verse más enérgicos, a lucir mejores, con más fuerza, más belleza y más saludables.
Hasta que todo en el pueblo cambió.
Todos sus habitantes se pudrieron y perdieron fuerza.
Chiaki veía como su propia familia se descomponían paulatinamente. Ella trató de advertirles. Quiso convencerlos de que se marcharan, pero no la oyeron. Los dobles de sus padres y de su hermano estaban parados ahí afuera de sus casas. Sin moverse ni hacer nada, pero cada día luciendo mejor.
Su hermano fue el primero que se negó a salir del cuarto, luego su madre, y al final su padre. Chiaki los alimentaba dejándoles comida en el suelo. La cual ellos recogían para depositar el plato vacío más tarde. Chiaki, cada vez que metía los platos, al ver sus manos que se arrastraban para alimentarse como animales, apreciaba que el color de sus pieles era cada vez más blanco, con arrugas y resequedad, incluso con agujeros purulentos.
Quiso ayudarlos, habló a la policía, al no recibir respuesta, salió a la calle para buscar al médico, pero nadie le hizo caso. Todos estaban encerrados en sus hogares, en condiciones similares, podridos, tornándose criaturas extrañas que se arrastraban por las paredes escupiendo sonidos guturales de sus fauces.
Regresó a casa con miedo, sin saber qué hacer. Los seres dobles estaban por todo el pueblo, ahí parados, luciendo hermosos y llenos de vida. Chiaki tenía miedo de caminar entre ellos, deseaba evitarlos pero eran tantos que le fue imposible, los había por todos lados, no encontraba ni una sola calle que estuviera vacía. Los dobles habían tomado posesión del pueblo, absolutamente.
Oyó la voz.
—¡Sólo faltas tú!—atendió pero no pudo saber de dónde provenía el sonido, era como si se escuchara por todas partes y a la vez en ninguna. Era una sola voz y al mismo tiempo una mezcla de cientos. Y se percibía constantemente, repitiéndose una y otra vez.
Chiaki sin saber qué hacer y sin poder pedir ayuda regresó a casa, pero a cada paso sonaba la misma frase dicha de una forma cada vez más espeluznante que la anterior.
Tenía miedo de avanzar, parecía que la voz sonaba más fuerte, pero si se quedaba ahí no sabría lo que podría pasarle, entonces sintió algo por arriba de su hombro, como una presencia, o una entidad extraña que la observaba.
Giró la cabeza y miró a uno de los dobles, parado a unos cuantos centímetros de ella. Sintió que algo recorría su piel, un frío que caminaba desde sus pies hasta lo más dentro de su columna vertebral.
Chiaki tragó saliva y lentamente se acercó al ser. Lo reconocía, era el doble de Kazuo, un profesor de su escuela. Hacía tiempo que no sabía de él, sintió curiosidad. Presentía algo con respecto a él. Sabía que no se movía, ningún doble lo había hecho hasta ese momento, pero había algo que le hizo aproximarse a él y observar sus ojos.
Kazuo—o su doble exacto—estaba rígido, los brazos los tenía arqueados hacia atrás, la mano izquierda abajo, cerca de la cintura con los dedos retorcidos en distintas y contrastes posiciones, con las falanges reventadas y los dedos hacia atrás. La parte derecha sobresalía por arriba de su cabeza, con un doblez de codo imposible de 90° hacia atrás. Y las piernas inamovibles como enterradas en el suelo. Siempre rígido, inmóvil.
Chiaki lentamente se acercó a él y notó lo suave de su piel, no parecía tener 45 años, lucía más joven, más saludable, como nunca lo había visto.
Trago saliva una vez más y levantó su mano para tocarle la cara, en verdad algo en él le llamaba la atención por sobre todo. Lentamente estiró el dedo índice y casi tocó su mejilla, casi…
Justo en ese momento Kazuo parpadeó y Chiaki sobresaltada se arrojó hacia atrás.
Cayó sentada al piso y cuando se reincorporó observó que tres dobles más tenían la mirada puesta en ella. De hecho escuchó claramente que los demás seres repetidos, a unos cuantos metros a lo lejos, volteaban la mirada hacia ella. Todos la observaban. Y el grito reventó en el aire.
—¡Sólo faltas tú!—se oyó. Chiaki lo entendió perfectamente, esa voz era una mezcla de gritos de todos los dobles esparcidos por el pueblo, de todos y cada uno de ellos.
Chiaki se levantó enseguida y comenzó a correr. Pero los dobles estaban en todas partes, no había calle sin un grupo, no tenía escapatoria y todos los dobles, la veían pasar sin perderla de vista. No se movían, ni siquiera un centímetro, pero su presencia era tal que sentía sus miradas como algo físico, como un manto que pesaba varias toneladas y le caía justo en la espalda.
Corrió tan rápido como pudo hasta que llegó a casa, se metió y se encerró de golpe. No podía respirar siquiera, tenía ganas de llorar, pero el cansancio no la dejaba. Sólo se quedó ahí intentando tomar aire, respirando aceleradamente.
—¡Sólo faltas tú! —escuchó arriba de ella e instintivamente subió la cabeza.
Su padre, su madre y su hermano estaban en el techo, apretados el uno al otro, con los brazos torcidos, rotos, entrelazados entre ellos, junto con las piernas, los cuellos y los cabellos. Eran como una masa de carne y huesos con largos cabellos quebrados, piel podrida y hecha trizas.
Chiaki gritó y su bramido se escuchó en todo el pueblo.
Cuando terminó el relato me dijo que no sabía si se había desmayado, si fue rescatada o no, lo único que recordaba es que estaba en el auto de la familia, a varios kilómetros de su casa. No sabía cómo había llegado ahí. Y por momentos pensó que todo había sido un sueño. Se sentía tan extraña que no entendía lo que pasaba.
Fue a la estación más cercana que halló, pidió un teléfono y desde ahí marcó a su casa, pero nadie le contestó. Les habló a unos vecinos, amigos y familiares pero nadie respondió la llamada. Intentó con operador pero le dijeron que no conocían el código del pueblo. De hecho nunca habían conocido dicho pueblo.
—Y si viajas allá—agregó—, verás que no existe. No hay camino, no hay casas, no hay ninguna construcción que te lleve, ni siquiera paso de terracería. El pueblo no existe. Es sólo parte de la montaña con árboles, tierra, piedras, sin muestra alguna de civilización.
»No tengo casa.
Se calló y vimos por la ventana que comenzaba a amanecer, aún faltaban un par de horas para que llegáramos a Viena, pero ya estábamos cerca. Estiramos las piernas y fuimos a ver si la cafetería ya estaba abierta otra vez. Tan pronto lo estuvo tomamos una copa, ella un café, yo un jugo.
Cuando arribamos a la estación de Viena le comenté que a pesar de que era mi segunda vez en esa ciudad, en verdad no la conocía. La había visitado hacía 18 años y sólo por un par de días. Ella en cambio la conocía lo suficiente para moverse y decidimos viajar juntos.
En la estación fuimos al apartado de ayuda al turista y ahí reservamos un hotel. Tomamos el metro y en menos de media hora llegamos a él. Pedimos sólo una habitación y dormimos toda la mañana para descansar del viaje.
Para la tarde que nos despertamos salimos a visitar Viena por varios días. Fuimos a la Iglesia de san Carlos Borrome, al Teatro imperial de la corte, al Palacio y jardines de Schönbrunn, al museo Kunsthistorisches, a la iglesia Votiva, a la ópera estatal y demás lugares.
Un buen día cuando me desperté no la hallé en la cama. La busqué en el cuarto pero no estaba su maleta. Me puse los zapatos y bajé a recepción donde me informaron que había cerrado su cuenta muy temprano en la mañana y se había marchado.
—Le dejó un mensaje—me aclaró el hombre y extendió un sobre. Lo leí ahí mismo en la recepción. Era una carta de dos páginas, en español, pedía perdón por su súbita ida, pero me explicaba que no podía echar raíces. No estaba muy segura de lo que pasaría si así fuera, pero lo sentía, dentro de sí lo sentía. No le gustaban las despedidas y quizá podría aceptar seguir viajado conmigo por lo que prefería irse así, sin despedirse. Pero no del todo. Me dejó su dirección de correo electrónico, una cuenta de redes sociales y quedó fervientemente en seguir el contacto, pero a larga distancia. Quizá sea mejor así, concluyó.
Me pidió que no la buscara y decidí aceptar su indicación. Regresé al cuarto, le escribí un correo electrónico y le mandé una invitación en las redes sociales, pero no le reclamé. Si así lo había decidido estaba en su total libertad. Luego me arreglé, tomé mis cosas, cerré la cuenta en el hotel y me encaminé a la estación de trenes para continuar mi viaje hacia Bratislava, capital de Eslovaquia, a 60km de Viena.
Estuve en comunicación con ella durante todo el viaje. Nos escribimos regularmente y algunas veces chateamos. Incluso cuando concluyó mi viaje y tuve que regresar a México la conversación se extendió. Ella seguía viajando por todos lados, hacía trabajos esporádicos para no aburrise y tenía un empleo en línea lo que le daba oportunidad de no pertenecer a ningún lado en específico.
—No puedo echar raíces—decía—. Si lo hago, sé que se repetirá. Porque verás—agregó—. La sensación me sigue a cada instante, esa presencia de todos y de ninguno al mismo tiempo, siempre está ahí. Y si echo raíces, me atraparán, porque sólo falto yo, yo de todo el pueblo.
»Y cuando permanezca más de una semana en un mismo lugar, ya sea en una esquina por ahí cerca, en alguna estación de metro, a orillas de un lago, sea donde sea, un día me toparé conmigo misma y sabré que todo habrá acabado.
»Y el recuerdo de Asuka, de mi familia, amigos, vecinos y de todos aquellos que conocí se esfumarán en un horripilante sino que me destruirá en un asqueroso y podrido oblivion eterno.
—Comprendo—escribí en el chat y continuamos la conversación. Aún hace dos semanas chateé con ella. Estaba en la India. Tenía un par de días ahí y aún no sabía a dónde irá ni si continuará su viaje. Me dijo que ya estaba cansada, tantos años viviendo así, sin establecerse en ninguna parte, la había atormentado, en verdad no sabía que haría pero haría algo y terminó diciendo que no la olvide, que pasara lo que pasara no la olvidara, porque si así fuera, si un día me despierto y no la recuerdo, es que todo habrá acabado.
—Escribe sobre mí—me pidió de favor y así lo hago, me guío del historial de chat de las redes sociales, del diario que escribí durante todo mi viaje y edité diversas partes de los correos para unir todo el relato, porque en realidad no sé ni quién sea ella, sólo sé que está ahí en mi computadora, en el historial de la red, en algún dibujo a lápiz, pero nada más. Y por más que intento acordarme y leo el cuento una y otra vez, su rostro no viene a mi mente y quizá jamás lo haga.
Es sólo un sueño, un delirio, sólo una ilusión y… nada más.


Fotografía: "Doppelgänger", modelo Azuka. Karen Benavides.
Diseño digital: Murillo



[1] Yōkai ("apariciones", "espíritus", "demonios", o "monstruos") son una clase de criaturas en la cultura japonesa que van desde el malévolo oni, al travieso kitsune o la mujer pálida Yuki-onna.
[2] -san [ -さん ]: se añade después del nombre de las personas es un sufijo de cortesía y respeto (se utiliza tanto para personas de la misma edad como para personas mayores que tu).