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martes, 14 de agosto de 2012

El Escudo de Palas



Había una vez, o tal vez nunca hubo, un pueblo, tal vez un imperio, abandonado, alejado de las montañas y de todo vestigio de civilización humana, desterrado a un desierto amordaz y feroz como ninguno, el cual nadie, en toda la crónica de la humanidad, visitó jamás. Su cultura no era conocida; su lenguaje no era mencionado en los libros de historia; y sus pobladores no eran reconocidos en algún documento antiguo, siendo éstos la tribu más recóndita del infierno, separada inclusive de algún dios reconocido que los protegiera.
Un día, después de mil años de vivir entre la eterna separación de los hombres, los sabios se reunieron a las puertas de la plaza principal para formular, entre todos, una solución al problema que los agobiaba.
—Necesitamos algo que represente nuestra cultura—dijo el sabio mayor—. Algo tan grande e importante que sea imposible para los demás pobladores no enterarse de ello, para que bajen a Palas y conozcan nuestra cultura y seamos mencionados en los libros de historia.
Los hombres sabios se observaron entre ellos y asintieron con la cabeza sin referirse a nada en especial. Al día siguiente todo el pueblo estaba reunido en el anfiteatro de Palas.
—Debemos mostrar nuestra teoría matemática que explica el universo—propuso uno de ellos.
—No—contestaron.
—Revelar entonces el origen de la vida que conocemos.
—No.
—Expliquemos pues la existencia del hombre.
—No—dijo el sabio—. Necesitamos algo semejante a su mundo. Nada de nuestra cultura es reconocible a su civilización. Tenemos que atraerlos con algo erradicado de su forma de vida.
>>Y después mostraremos nuestra cultura.
—Un castillo—dijo un niño—, uno tan grande y llamativo que llame la atención de cualquiera.
—No—apuntaron—, algo más estúpido.
—Cientos de celebridades reunidas en un solo punto.
—No.
Y entonces un niño retardado mental se acercó a la plaza.
—Un monumento—dijo—, un gran y maldito monumento.
La propuesta fue aceptada por todos. Se decidió crear una gran cabeza de mujer a las puertas de Palas, como un escudo que protegiera al pueblo.
Los sabios se reunieron esa misma noche para establecer el proyecto y distribuir los trabajos a los pobladores.
Al día siguiente la cabeza de mujer comenzó a ser erigida.
Los guerreros dejaron sus armas y tomaron picos y martillos; las mujeres desatendieron a sus hijos y se congregaron para alimentar a sus hombres. Y los demás locales observaban las acciones de sus valientes defensores mientras esperaban atentos a que el gran y maldito monumento estuviere terminado, listos para recibir a los demás hombres de las otras esquinas del mundo.
Y los días transcurrieron. Los niños miraban hacia arriba y observaban las lunas pasar por decenas, esperando sin recibir nada a cambio. Y cuando se creía que el proyecto avanzaba todo parecía complicarse y había que empezar de nuevo.
Los guerreros parecían perder fuerza y las mujeres se cansaban de visitarlos cada día. Los locales dejaron de observar por encima de sus hombros esperanzados en observar alguna silueta que se acercara a su aldea.
Con el tiempo y al ver que los guerreros se demacraban, los locales abandonaron sus oficios y se enlistaron para sustituir a los hombres fuertes que perecían. Las jóvenes damiselas tomaron los alimentos y se reunieron a sustentar a los locales junto con sus madres cansadas y lastimadas.
Y los años sucedieron.
El proyecto parecía no progresar y nada avanzaba.
Fue proclamado por los hombres sabios, dominantes del pueblo, que ningún ser vivo en Palas estaría excluido de trabajar en el gran y maldito monumento.
Las labores fueron otorgadas una vez más. Los guerreros habían encanecido y perdido totalmente sus fuerzas, inclusive algunos habían fallecido. Ningún oficio diferente al proyecto sería atendido: los pintores ya no pintaban; los escritores ya no escribían; los científicos ya no pensaban. Y cualquier mujer perdió la esperanza de contraer nupcias con sus amantes. Los niños renunciaron al juego y se unieron al trabajo como hombres importantes. Ninguna risa o conversación fue escuchada a partir de eso. Sólo se oía, a mitad del día, un martillar y golpeteo incesante de piedras a la puerta de la plaza.
Y, una vez más, los tiempos acaecieron.
Y el gran y maldito monumento aún no había sido terminado.
Los sabios perdieron la vista de tanto observar a los hombres trabajar. Los pobladores se emputrecieron y sus cuerpos se deglutieron entre ardor áspero de las negras ocupaciones de sus cerebros atrofiados; las mujeres encanecieron y sus bellezas se disiparon entre las duras facciones de rostros abatidos y ya muertos; ningún niño existía más, todos crecieron atrofiados y con los cuerpo deformados, necrosos por el agobiante esfuerzo de la eterna labor; y las jóvenes damiselas encorvaron sus cuerpos secos y decolorados; envejeciendo sin ningún rastro misterioso de juventud en sus ojos bulbosos y purulentos.
Y aún así continuaron trabajando por años, miles y miles de segundos.
Hasta que un día, después de casi una eternidad observaron frente a ellos y encontraron que el gran y maldito monumento finalmente había sido edificado. Contentos estuvieron a punto de reír y voltearon a verse para acompañarse en su felicidad. Empero, descubrieron que sólo existían tres hombres en todo el pueblo. Y ninguno de ellos se conocía. Echaron un rápido vistazo a la gran cabeza de mujer y mirando hacia abajo escupieron. Se dieron la vuelta y se marcharon sin voltear atrás. Jamás regresaron.
Y cuenta la leyenda que en una sucia y recóndita biblioteca abandonada de una ciudad casi perdida existe un librero antiguo con papeles viejos y amarillentos donde existe un documento áspero y raquítico en el cual se menciona, no el nombre del pueblo; no su cultura; no su población, no su lenguaje. Sólo un gran y maldito monumento.

miércoles, 13 de junio de 2012

Libro de cuentos

Les comparto mi libro de cuentos, ya posteé algunos, otros más pueden encontrarlos en mi compendio "Flujo temporal en la pálida luz de la luna de agosto" que se vende en Amazon


"Flujo temporal en la pálida luz de la luna de agosto"

Lunes 16

     Se convenció a sí mismo que moriría un lunes 16 gracias a un mensaje de celular.
     Yo lo había conocido en un taller de dirección que había dado hacía un par de meses en Morelia, Michoacán. Aunque ya antes había ofrecido talleres relacionados al cine ese era el primero de dirección cinematográfica.
     Me habían llegado alumnos de varias edades, desde muy jóvenes hasta una señora de más de cincuenta años.
     Él era parte de los mayores, tendría ya unos 35 años. Era algo cambiante en cada clase, a veces tenía ganas de aprender y se esforzaba al máximo, y unas más no decía nada y se mantenía con una mirada taciturna las cuatro horas que duraba la clase. Era como si se sintiera un poco vacío por dentro.
     Yo trataba de mantener una relación distante, no todos quieren que los demás se involucren en sus problemas, y procuraba no decirle nada aunque a veces lo sombrío en su rostro era tan marcado que afectaba mi desempeño en la clase, aunque fuera sólo unos minutos.
     Un día se me acercó a hablar conmigo al terminar la clase. Dijo que tenía ganas de conversar con alguien pero en realidad no tenía muchas amistades. Yo trato de llevar buena relación con mis alumnos, con algunos he mantenido la amistad mucho tiempo después del taller, con otros se ha perdido por alguna razón y con otros hablo  de vez en cuando aunque sea comunicamos por la redes sociales. Así que acepté ir con él a tomar un café.
     Al principio creí que quería preguntarme algo relacionado a la clase o al medio cinematográfico en el país, pero al poco tiempo descubrí que quería hablarme de otra cosa que no tenía nada que ver con el taller. De hecho sólo quería hablar, eso es todo.
     Me di cuenta que no tenía muchos amigos, él era procedente de la ciudad de México y hacía poco tiempo que vivía en Morelia. Cuando le pregunté por qué se había mudado de casa contestó muy generalmente y cambió el tema.
     Continuamos platicando, primero de cine, luego de la región y el tema poco a poco se alejaba del taller y se enfocaba más en él. No era que yo lo encaminara a hablar de sí mismo, más bien las cervezas que bebían eran las culpables.
     Así fue que llegó al tema de lo que realmente quería decir:
     —La conocí en la universidad—me dijo cuando el alcohol lo hizo hablar de su profundo secreto—. En ese entonces comenzamos a andar juntos. Comíamos, platicábamos en los pasillos, nos la pasábamos en el patio, íbamos al cine, al museo, a todos lados y nos entendimos perfectamente. Antes de que hubiera algo entre nosotros todos nuestros amigos ya estaban convencidos de que éramos pareja.
     »—¿Y por qué no andan? —nos preguntó una amiga cuando le aclaramos que sólo éramos amigos. Pero ella, Clara, su nombres es Clara, volteó a ver y me hizo una seña que entendí perfectamente. Y esa misma noche comenzamos a andar.
     »Fue algo natural, ni yo lo forcé ni ella lo hizo. Simplemente en la noche nos hallamos besándonos en su casa y oficialmente ya éramos novios para el día siguiente.
     »El problema vino una semana después.
     »En sí no tenía nada que ver con nosotros. No había problemas en nuestra relación ni nada que nos afectara como pareja. El problema estaba en su propia familia: su padre era un alcohólico que gustaba de maltratar a su madre. Se perdía por varios días en las cantinas del centro y cuando aparecía de nuevo en casa llegaba lleno de ira y golpeaba a su esposa hasta casi matarla.
     »Varias veces acompañé a Clara en el hospital. Su madre siempre decía que se había caído por las escaleras o que había tenido un accidente en la calle, o un resbalón en el metro. Todos sabían la verdad incluso las enfermeras o los médicos pero su madre no se animaba a levantar una denuncia y no había nada que se podía hacer.
     »Clara tenía miedo todo el tiempo, ya no podía soportar mucho la situación y le preocupaba no sólo su madre, sino su hermana menor. Hasta ese momento su padre nunca las había golpeado pero cada día temían más que llegara esa situación y eso las angustiaba a tal grado de que su hermana sufría de estrés y miedo patológico que le originó bulbos purulentos en la piel, incluso comenzó a perder el pelo y le nacieron manchas de vitíligo.
     »No era extraño que a veces me la encontrara llorando en el pasillo, yo trataba de calmarla pero no se me ocurrían ideas y no sabía exactamente cómo. Yo sólo quería disfrutar del amor con ella ya que me encantaba estar a su lado, sus conversaciones siempre habían sido muy interesantes y su sonrisa era perfecta, pero desde que develó el problema en casa su presencia era gris. Cargaba con un halo de tristeza todo el tiempo. De ser una chica graciosa a quien le brillaban los ojos de dulzura pasó a ser una chica taciturna y apagada. No podía soportarlo y hacía todo lo posible por ayudarla, traerla de vuelta y hacerla olvidar todo.
     »Pero la violencia en casa aumentaba cada vez más, que me era imposible darle un pequeña muestra de felicidad.
     »Su madre ya prácticamente vivía en el hospital y Clara pasaba días sola en casa cuidando de su padre que llegaba a las 3 de la mañana, briago y lleno de coraje.
     »Entonces un día Clara llegó a la escuela con el labio partido, y la muñeca rota.
     »No dijo nada, sólo me miró y lo entendí perfectamente.
     »Tenía mucho miedo. Le dije que levantara una denuncia, sólo así podía librarse de él pero me dijo que tenía mucho miedo y no se atrevía.
     »Traté de tranquilizarla, la abracé y le dije que yo estaría con ella todo el tiempo y que si tenía miedo podíamos ir los dos y enfrentar a su padre si fuera necesario.
     »La convencí e incluso llegamos a ir a la delegación, pero justo antes de entrar se puso a temblar y no hubo manera de detener su temor y sin darme cuenta salió corriendo perdiéndose entre las calles para no volverla a ver. La busqué por todos lados, le grité y desesperado corrí tratando de hallarla pero no la encontré y pasé la siguiente semana asustado sin saber qué ocurría en su casa en ese momento.
     »Nadie me contestó el teléfono y durante una semana no supe absolutamente nada de ella.
     »Entonces una noche me marcó por teléfono a las 6 de la mañana.
     »—Necesito dinero—me dijo.
     »—¿Qué pasa? —le pregunté sorprendido.
     »—No preguntes—ordenó—. Sólo préstame dinero.
     »—¿Cuánto?
     »—Lo más que tengas.
     »—No tengo muchos ahorros, sólo tengo lo de la colegiatura y un poco más para unos libros del semestre.
     »—Préstamelos, por favor—dijo tan desesperada que no tuve más opción que hacerlo.
     »—No sé cuándo podré pagártelo—aseguró cuando le entregué el dinero un par de horas más tarde.
     »—¿Qué vas a hacer?
     »En realidad no explicó mucho pero luego me enteré que su madre había muerto, se le declaró accidente en el certificado médico pero ella estaba convencida que había sido su papá. No tenía forma de salir de esa, así que tomó el poco dinero que reunió y huyó de la ciudad.
     »No alcanzamos a hacer nada. Sólo nos despedimos con un abrazo y un beso y nos juramos amor eterno.
     »Luego desapareció.
     »Su padre la buscó durante mucho tiempo, siempre detrás de sus pasos pero no daba con ella fácilmente. Yo me comunicaba con Clara por correo electrónico y me contaba cómo era su vida viviendo en varios estados de la república hasta que un buen día le perdí el rastro.
     »Traté de contactarla pero no había manera, su correo electrónico había sido cambiado o cancelado. No tenía un correo postal fijo y no había manera de localizarla ya que todo su esfuerzo era precisamente para no ser hallada.
     »No soy hombre de religión pero prendí un par de velas por su futuro y con el tiempo dejé de buscarla.
     »Años después terminé la carrera y comencé a trabajar al poco tiempo. Puse un negocio, las cosas no salieron como esperaba y pasaron varios años.
     »Diez años después de que me despedí de ella, así, un día, sin más me la encontré de nuevo en la universidad cuando fui a verme con alguien que había sido mi maestro para lo de un trabajo.
     »Ella me saludó primero y recuerdo lo impactada que estaba cuando me vio pasar. Escuché su voz y enseguida volteé a verla.
     »—Clara—dije y nos abrazamos hasta que el instante se hizo eternidad y de ahí salimos a tomarnos un café y saber de nuestras vidas.
     »—Huí de mi padre—agregó—hasta que murió. Viví en varios lados de la república hasta que mi tía me dijo que había muerto de cirrosis y lo habían hallado tirado en la calle, cerca de una esquina del centro. Entonces regresé al distrito lo más rápido que pude y te busqué pero ya no supe de ti—dijo mientras me miraba—. Pregunté en la universidad sobre ti pero sólo tenían tu dirección vieja y no te hallé. Decidí terminar mi carrera y aquí estoy.
     »En realidad nunca había dejado de quererme y en todo este tiempo no había perdido las esperanzas de volverme a ver. Prácticamente esperó por ti todo este tiempo cuando yo creí que jamás la volvería a ver.
     »Entonces le dije que estaba casado desde hacía dos años y aunque en todo este tiempo no había dejado de quererla no podía engañar a mi esposa. No la amaba, pero sí la quería mucho y hacerle eso sería un castigo para ella por lo que nos despedimos como buenos amigos y tratamos de llevar una amistad lejana, sólo compartida por la red.
     Luego, bebió un trago de su cerveza y se quedó callado.
     Le vi el dolor en sus ojos, en realidad la amaba y le dolía haberla perdido.
     —Creí que no la volvería a ver—dijo una vez más y se hundió en su cerveza.
     No pudo soportar estar lejos de ella y al mismo tiempo tan cerca por lo que pidió su traslado a Morelia y desde entonces vivía ahí desde hacía un par de meses. Afirmaba que no se llevaba mal con su esposa, ella lo quería mucho pero ya no soportaba verla. No porque la odiara, sino porque cada momento le recordaba que el amor de su vida aún lo esperaba y se sentía imposibilitado de estar a su lado.
     Desde entonces caminaba con un halo de tristeza sobre su cabeza y no había forma de calmarlo.
     Yo le dije unas palabras de confort y en cierto modo le levanté el ánimo. Después le di un aventón a su casa y al paso de los días seguimos con el taller.
     Un mes después terminamos las clases, y me despedí de mis alumnos y ya no los volví a ver.
     Con el tiempo proseguí con mis cosas, mi literatura y mis proyectos, incluso debo confesar que dejé de pensar en él hasta que me lo topé en la calle de Izazaga en la ciudad de México, meses después y me saludó extrañamente: su halo de tristeza había cambiado, ya no era tristeza lo que portaba, era algo más.
     Su rostro era más curtido, su piel más arrugada y sus cabellos más encanecidos, era como si en seis meses hubiera envejecidos 7 años. Incluso su mirada lucía aterradora.
     Al principio no lo reconocí, él me saludó de inmediato pero yo revisaba sus ojos, su cara, su acento, todo para tratar de averiguar quién era y de dónde me conocía, pero era inútil, no lo conocí hasta que él se presentó:
     —No me reconoces, ¿verdad?—dijo.
     —Lo siento, pero no—afirmé y me sentí apenado por ello.
     —Soy tal—agregó y se presentó.
     No lo podía creer, era otra persona. Su rostro, su compostura, lo delgado de su cuerpo, todo su físico afirmaba que era otra persona, pero aún así dijo ser él y le creí.
     —¿Qué te pasó? —le pregunté mecánicamente sin fijarme en el protocolo o la indecencia de la pregunta.
     Subió los hombros y después de tomarnos un café en un restaurante del centro me contó todo.
     —Nos comunicábamos por el chat. Al principio tratamos de mantener la amistad y todas nuestras conversaciones giraban con respecto a eso, pero poco a poco comenzaron a surgir las mismas emociones que cuando estábamos en el colegio.
     »Se podría decir que nos volvimos a enamorar igual que hacía 10 años. Y el giro de las pláticas fue inevitable. Nos queríamos y no había manera de negarlo. Sin decidirlo nos escribíamos cartas de amor, nos decíamos piropos por el chat y al poco rato la plática ya tenía tintes más rojos con atrevimientos sexuales.
     »Todo empezó con una carta imaginaria donde dos personajes que se amaban pero que estaban separados por el tiempo y el espacio decidían juntarse y declararse físicamente su amor.  Incluso pensé en escribir un cortometraje sobre eso—dijo a manera de risa.
     »Y el deseo de estar juntos aumentó hasta niveles de desesperación.
     »No podía dejar de pensar en ella y ella no renunciaba a pensar en mí. Compartíamos fotos y sugerencias sexuales por la red hasta que un día, no pude resistirlo y la visité en la ciudad de México.
     »Mi intención era sólo verla. Sólo quería tocarle la mano y acariciar su rostro una última vez, ni siquiera me atrevía a besarla pero nunca había sido tan ingenuo.
     »Nos vimos cuatro veces. En ninguna hicimos nada, ni siquiera nos tocamos las manos. Pero en cuando no nos veíamos y nos escudábamos detrás de la computadora nuestras conversaciones se hacían cada vez más candentes y terminábamos haciendo cosas que nos unía  sexualmente hasta que nos vimos en su casa y decidimos hacerlo sólo una vez y regresar a nuestra vida habitual.
     »Sólo una vez sin que mi esposa se enterare, sin tratar de repetirlo y entregarnos a nuestros amor como estaba destinado a suceder desde que éramos novios en la universidad.
     »Y lo hicimos.
No quiso entrar en detalles y yo no lo pregunté, pero él afirmó que fue la primera y única vez en su vida que hizo el amor, todo lo anterior había sido un simple preludio, sexo animal o simplemente coitos. Pero con ella se había entregado completamente en un acto espiritual obsequiándose en cuerpo y alma.
     Y después se separaron.
     Él dejó la ciudad de México y regresó a su casa con su esposa. Siguió su vida normal, se escribía con Clara de vez en cuando pero ya sin mencionar el tema y tratando de continuar la amistad pero ya con algo más entre ellos.
     Todo iba bien hasta el momento en que su esposa encontró el historial del chat y se enteró de todo.
     No le reclamó nada, no se enojó con él, no le pidió el divorcio, ni le gritó, sólo se derrumbó emocionalmente y se sintió miserable.
Él, obviamente, se sintió culpable, trató de justificarse ante ella. De explicarle las razones, que sólo había sido una vez, que no quería dañarla y que de esa relación sólo quedaba una amistad profunda, así lo habían decidido y él así lo mantendría.
     Pero no hubo nada que la hiciera sentir mejor y se quedó callada.
     No le reclamó, ni dijo una palabra desde entonces. Absolutamente ninguna. Sólo se apagó sin más hasta que un buen día se murió.
     —Murió en la cama de manera natural—afirmó—. No se envenenó, ni se cortó las venas, o algo por el estilo. Sólo se dejó morir hasta que su cuerpo mismo reventó. Suicidio emocional—dijo y tocó su taza de café sin decidirse a beber un trago o prender un cigarro.
     »Encontré la carta una semana más tarde donde explicaba todo.
     »—No fue el acto de infidelidad lo que le había dolido—afirmó—fue el acto de amor lo que la dañó.
     Me miró a los ojos y me dijo: "yo amaba a Clara, siempre fue así. Y mi esposa al enterarse de ello se hundió ya que ella me amaba a mí, y a nadie más. Y el sentirse sin esa retroalimentación, por mucho que la apreciara e hiciera todo por ella, la devastaba por dentro hasta que se apagó su luz y no hubo forma de encenderla. Murió de tristeza y nada más.
     El luto le duró unos días, durante un tiempo no tuvo corazón para comunicarse con Clara, pero no tardó mucho para entrar en contacto con ella una vez más. Se escribieron cartas sobre el asunto y Clara la entendió. El tema giró alrededor de su esposa y ambos se sintieron culpables por lo que hicieron. Pero en realidad no había su culpa, sino de las circunstancias.
     —El verdadero culpable en realidad había sido el padre de Clara—afirmó—, sino hubiera sido por él Clara y yo nos hubiéramos casado, tenido hijos y nunca hubiera conocido a nadie más. Hubiera sido un perfecto final para mi vida y durante todo el tiempo que estuvimos juntos en el colegio creíamos que sería así.
     »La culpa fue quererla tanto desde un principio.
     »Nos repetimos eso una y otra vez tratando de minimizar el dolor y así, sin siquiera fijarnos me vi regresando a la ciudad de México para unirme a Clara ya que en sí no había barrera alguna para separarnos.
     »Nos quisimos durante unos par de meses hasta que Clara recibió el primer mensaje de texto: "Nos vemos hoy a las 5 pm", decía. Enviado el viernes 16 a las 12:00.
     »Pero ese día no era un viernes 16, ni siquiera eran las 12. Y el número de celular era el de mi esposa—afirmó y le temblaron los dedos por un momento antes de apagarlos aferrando la taza de café—. Contesté el mensaje preguntando quién lo había mandado, quizá era número equivocado pero no recibí respuesta. Incluso marqué pero no había servicio. "El número que marcó está fuera de servicio o apagado", dijo una voz grabada y tenía sentido. El celular de mi esposa estaba en el cajón, sin pila y sin haber sido cargado por varios días. Y aún así, cada semana, Clara recibía un mensaje del celular de ella siempre la misma frase: "nos vemos hoy a las 5 pm", y enviado siempre un viernes 16. Cada mensaje lo mismo, ningún cambio, ninguna señal. Repitiéndose una y otra vez, una y otra vez. Una y otra vez—comenzó a redundar aceleradamente al mismo tiempo que subía de tono. La gente en el establecimiento volteó a verlo y tuve que tranquilizarlo para que dejara de gritar.
     —Bebe—le dije y le acerqué la taza de café.
     Me miró por un momento, luego volteó a ver a la gente y susurró un lo siento. Dio un sorbo a su café y después lo soltó: "Clara murió tres semanas después", dijo. Yo fruncí el ceño.
     —En el acta de defunción se afirma que murió a las 5 pm por un ataque del corazón, el viernes 16 de diciembre del 2011—inquirió y se quedó callado—. Mi esposa y yo nos casamos un 16, y al día siguiente recibí un mensaje que decía: "nos vemos hoy a las 5 pm. Enviado un lunes 16 a las 11:00".
     »Estamos a 10, y el lunes que viene será 16 de enero del 2012.      Exactamente un mes después de la muerte de Clara. Viene por mí, Alejandro, viene por mí—dijo y comenzó a temblar. Le dije que era coincidencia, le inventé una serie de cosas y traté de calmarlo. Pero era obvio que se sentía así desde hace tiempo y ese miedo lo atormentaba tanto que en sólo un mes había adelgazado, encanecido y su rostro desfigurado. Había escuchado historias pero en realidad no lo había visto tan tangiblemente como en esa ocasión. El miedo era una emoción tan grande que podía destruir a un hombre en tan sólo unos días y extinguirlo como se apaga una vela con un soplido.
     No hubo manera de serenarlo, sólo se abatió y sin darme cuenta desapareció.
     Se había levantado de la silla y salido de la cafetería, no pude ir detrás de él por pagar la cuenta pero cuando salí y lo busqué en la calle, se había ido. No supe qué rumbó tomó y aunque le marqué a su celular no recibí respuesta. Le escribí correos, le posteé mensaje en su cuenta de redes sociales, pero nunca me contestó.
Jamás lo volví a ver y hasta hoy día tengo duda sobre qué ocurrió.
Una semana después se cumplió el lunes 16 de enero y pasaron las 5 de la tarde. Yo estaba en casa escribiendo un oficio para una institución cuando noté el reloj de la barra de herramientas en la computadora y noté que cambió de las 4:59 a las 5 justo en el momento en que posé mis ojos en él. No recibí llamada, nadie me comunicó nada y sus compañeros del taller de dirección no sabía que había pasado con él. No lo habían visto desde entonces y nunca contestó el teléfono.
     Quizá sólo cambió de correo, o perdió su celular y compró un número nuevo. Quizá algún día me lo halle por algún metro del centro o posiblemente no. Tengo duda sobre qué fue de él.      Curiosidad sobre si murió o no. Quizá sigue vivo, sólo asustado, tal vez fue casualidad o la simple culpa la que acabó con Clara, sea lo que sea la duda me carcome, y espero por este medio algún día saber de él. Invitarle un trago en alguna cafetería y escuchar atentamente su narración.
     —¿Aún eres de este mundo, o del otro? —le preguntaría y me aseguraría de que los demás presentes no me vieran hablando sólo con una silla vacía.

El puente Suicida

Lo llamaban "el puente suicida" porque en él se habían suicidado no menos de 17 personas. Nadie podía decirme por qué, sólo afirmaban que por alguna extraña razón ese era el lugar preferido por los habitantes de la comunidad para cometer suicidio.
Fue en un pequeño pueblo de Polonia, a más de 500 kilómetros de Varsovia.
Yo había llegado ahí buscando algún campo de concentración.
Tenía viajando casi un mes.
Tomé de México un avión a Madrid con escala en Ámsterdam y mi intención era viajar por Europa en unas vacaciones. Visitar varios países, conocer pueblos y culturas diferentes a la mía. Y después de leer varios libros en mi juventud sobre el holocausto nazi, así como ver cientos de películas del tema, tenía ganas de visitar algún campamento de concentración judía.
Busqué en el mapa de Europa, y al reconocer que la mayoría de los campamentos de exterminio se encuentran en Polonia, decidí visitar ese país, en busca de alguno de ellos.
No deseaba ir por el morbo, ni siquiera por la curiosidad.
Sólo quería ser presente de la maldad humana.
Quizá de la maldad genética.
El ser humano es propenso a la maldad, es inherente a él, y convencido estoy desde hace muchos años que el ser humano nace malvado por naturaleza.
Los niños son la bondad pura, había escuchado por ahí.
Pero siempre he pensando lo contrario.
Los niños no aprenden a ser malos con los años, ni por costumbre.
Los niños nacen malos por naturaleza.
Lo puedo ver en los bebés. En las criaturas de tan sólo un par de años. Veo sus miradas y puedo sentir su maldad en los corazones.
Al paso del tiempo, por enseñanzas de los padres y por aprendizaje de los valores y morales, ese niño—de maldad perversa—aprende a distinguir la bondad de la maldad. Aprende a diferenciar sus deseos más egoístas de los deseos de terceros; y puede ver el punto de vista de otras personas y entonces ya hacer lo correcto.
Cuando se es niño, no se puede hacer nada de eso.
Sólo se hace lo que se desea y en muchos de los casos no se dan cuenta del dolor que pueden crear a otras personas. Puede verse fácilmente en cómo juegan los niños, en cómo se comportan con terceros y en cómo son crueles en su vida infantil.
Y proviene quizá desde lo más profundo de su genética.
Maldad genética.
Tal vez es lo que los nazis los devoraba por dentro.
Tal vez sólo obedecían órdenes.
Sea lo que sea me ha intrigado.
Decidí visitar un campo de exterminio y observarlo por mis propios ojos.
El peor, o el mejor, por así decirlo, era Auschwitz. La representación física del exterminio judío.
Así pues tomé el eurorail, y así como había viajado en tren por varios países de Europa, me encarrilé hacia Cracovia para ahí tomar un bus que me llevara al memorial de Auschwitz.
La idea era arribar a Oswiecim, a 70 kilómetros al oeste de Cracovia, poco más de una hora en autobús, para ahí encontrar el emplazamiento del campo principal de Auschwitz I, y a tres kilómetros, el enorme campo Auschwitz II Birkenau.
Por lo menos esa era la idea, llegué a la estación de trenes, tomé el bus y como en días anteriores había viajado en condición de mochilero y me sentía un tanto cansado del viaje, decidí pestañear un poco la hora que duraría el viaje hacia Oswiecim.
Sin embargo, cuando abrí los ojos me hallé completamente solo en el autobús.
Nadie me había despertado.
Nadie me avisó cuándo llegamos y nadie fue capaz de advertirme nada.
Lo primero que se me ocurrió fue escupir algunas dos o tres maldiciones en español recordando mis insultos veracruzanos; y lo segundo fue bajarme del auto y recorrer el camino a pie para buscar el campo de concentración.
Cuando me bajé del autobús fruncí el ceño instintivamente ya que no recordaba haberlo visto tan viejo y oxidado. Según yo estaba casi nuevo, pero ante mí sólo se veía como un transporte antiguo y envuelto en oxido.
Quien lo viera no podría asegurar que aún funcionara.
Levanté los hombros y caminé hacia donde me llevara el camino.
Así fue como arribé a un pequeño pueblo—del cual no deseo mencionar su nombre—y descubrí que nadie sabía español y sólo unos pocos conocían el inglés.
Por sus miradas y comentarios deduje que me había perdido.
El camino que tomé—a pesar de tener un mapa, y guiarme por una brújula de mi reloj—había sido el equivocado. Y por alguna razón extraña, el error no había sido por sólo unos cuantos kilómetros; sino horas enteras de camino. Incluso días.
Y me sorprendí.
Pero si ya estaba cerca, pensé.
No entendí lo que ocurría, no sólo no estaba cerca de Oswiecim sino que no estaba muy lejos de Czerlonka una villa en el distrito administrativo de Gmina Bialowieza en el noroeste de Polonia, cerca de la frontera con Bielorrusia.
¿Qué diablos había ocurrido?
¿Cómo es posible que en una hora haya viajado más de 500 kilómetros?
Era imposible.
Estaba en medio de la nada. En un pueblo que no existía, no era Bialowieza, ni Czerlonka, ni Grudki, ni Podcerkwy, ni Teremiski, ni ninguno de ellos. Estaba cerca, pero al mismo tiempo demasiado lejos.
Caminé hacia el pueblo y sólo sentía las miradas de sus habitantes que caían sobre mí sepultándome. Era obvio que no recibían visitas y muchos de ellos se sentía invadidos.
Incluso pude sentir que se aglomeraban a mi alrededor.
Entonces entré a la taberna de la villa y me presenté en inglés.
Sólo un par de ellos me contestó y me informaron dónde estaba.
—¿Qué diablos? —escupí sobresaltado—. ¿Qué carajos estoy haciendo aquí? Yo debería estar en Oswiecim—dije. Pero los hombres sólo se rieron y me dijeron que no había manera de que pudiera salir del pueblo, ya caía la noche y lo mejor era que durmiera en la posada. Al día siguiente podrían llevarme a Zwierzyniec y ahí tomar camino para Varsovia y luego regresar a Cracovia.
Así que pagué la noche, mostré mi pasaporte como era la costumbre y se sorprendieron aún más.
—¡México! —exclamaron—. Usualmente no recibimos visitas de tan lejos.
Era muy probable que ningún mexicano hubiera pisado sus suelos anteriormente.
Estaba esperando los comentarios obligados de los charros, pero nadie ahí sabía nada de la cultura de mi país y yo no mencioné palabra.
Me dieron la llave del cuarto y después de instalarme noté que era muy temprano para dormir. Aún no tenía sueño y apenas era la media tarde. Decidí darme una vuelta por la villa.
—No importa a dónde vaya—me dijeron—. No cruce el puente de los suicidios.
—¿Y eso qué es? —pregunté intrigado.
Pero al principio nadie quiso decir nada, se callaron como un solo hombre y después de que levantaron sus cervezas, la chica que atendía la barra se me acercó.
—Le decimos "el puente de los suicidios" porque en él más de 17 personas han perdido la vida. Por su propia mano.
»Incluso de las maneras más extrañas.
»Se han estrangulado, acuchillado, ahogado, incluso uno se desgarró la piel del rostro.
»Algo tiene ese lugar, que por alguna extraña razón es la zona predilecta para suicidarse.
No supe qué decir, sólo me quedé callado y le observé el rostro con el ceño fruncido.
Se llamaba Elka, tenía 31 años y aún no se había casado. Ni siquiera tenía pareja y me pareció extraño. Es difícil hallar una mujer de esa edad en un pueblo tan pequeño que aún no se haya casado.
Le pregunté si podría darme una visita guiada por el pueblo y aceptó.
En menos de una hora ya habíamos recorrido todo y estábamos de regreso a la taberna, cuando vislumbré un puente a sólo unos cuantos metros.
Ella notó que lo veía y quiso dar vuelta atrás, cuando la detuve.
—¿Es ese el puente de los suicidas?
—Sí—respondió—. No me gusta ir ahí… Regresemos.
Pero yo sentía curiosidad.
—La gente teme pasar por ahí, nunca se sabe a quién encontraremos.
»A veces pasan días sin que alguien se acerque ahí, y cuando notamos que alguno de nosotros ha desaparecido, sabemos que lo encontraremos ahí.
»Hemos querido destruirlo, pero son pocos los que se atreven a acercarse, y cuando lo hacen, algo malo sucede.
—¿Cómo qué?
—Un día quisieron derruirlo y se formó un grupo de cinco hombres. Mi hermano menor, Jarek, se fue con ellos. Había perdido a su mejor amigo que se había suicidado ahí a los 12 años y le tenía un gran odio a esa maldita construcción.
»Así que se armaron de valor, tomaron picos y martillos y entonando una canción de victoria y burlas se encaminaron a él con deseos de no dejar una piedra encima de otra y regresar a casa sanos y salvos.
»Pero entonces sucedió.
»En el momento en que Jarek se acercó a él…—aquí se le quebró la voz—. Ni siquiera pudo dar un martillazo a la roca—dijo y una lágrima cruzó su rostro—. Nadie comprendió lo que pasaba. Jarek estaba lleno de vida, recién se había hecho de una novia y tenía deseos de irse a estudiar medicina a Varsovia. Pero aún así, su rostro se quedó pálido, se le cayeron los brazos a los lados, perdió las fuerzas y se dejó caer de rodillas al piso. Su espalda se encorvó y en pocos segundos sus ojos perdieron brillo.
»Los que estuvieron ahí insisten en que fue como si el deseo de vivir se le hubiera sido arrancado en un instante. Como si su alma simplemente se hubiera ido dejando solamente un envase vacío y seco.
»Sus ojos empezaron a llorar y sin que nadie pudiera hacer nada por él, se clavó el pico en el cuello y ahí mismo se esfumó—dijo y echando un soplido al aire extendió los dedos—. Lo enterramos esa misma noche y desde entonces nadie ha intentado destruirlo.
»Nadie quiere pasar por ahí, y no dejamos que nadie se acerque.
»Vamos—insistió y regresamos a la taberna.
Su madre, Gutka, había preparado esa tarde un platillo de kaczka z jabłkami y me obsequiaron un poco para cenar.
—Es pato asado con manzanas—me aclaró Elka cuando vio que trataba de reconocerlo, y sonrió.
—Está delicioso—agregué y di un bocado más antes de beber un trago de vino.
Hablamos un poco esa noche, me presentó a su madre, a sus amigos y les conté un poco sobre México y les sorprendió la condición política en la que vivimos.
Después de eso, me llevaron a mi habitación.
Me sentí un poco mareado ya que usualmente no bebo pero los polacos son conocidos por saber beber y difícilmente podía aceptar un no como respuesta.
Así que Elka prácticamente me llevó cargando a mi habitación aunque yo tratara de mantenerme en forma.
—No te apures—dijo—, así somos aquí—y sonrió. En verdad tenía un hermoso rostro. Y una vez más me sorprendí que no estuviera casada, incluso me molestó.
No dejé de pensar en ella cuando me fui a dormir y juro que soñé con ella.
Soñé que la besaba, acariciaba su rostro y le hacía el amor.
Pude sentirlo tan palpable como la realidad misma y no podía creer que era un sueño.
Pero cuando desperté me hallé la habitación a solas y tardé un momento en darme cuenta que había sido un pasaje onírico y nada más.
Vi el reloj. Eran las 3:19, demasiado temprano.
No había señal de red por lo que no podía entrar al internet en mi pequeña lap top que cargaba conmigo para escribir durante el viaje. Pensé en ver una de las varias películas que tenía en ella pero no me sentía con ganas de hacerlo.
Así que decidí escribir unas cuantas líneas a la novela que estaba escribiendo y la encendí.
Quizá hube escrito un par de páginas cuando escuché unos sonidos en el pasillo.
Eran suaves, nada escandalosos pero me generaban una sensación extraña que me ponían la carne de gallina, los vellos de los brazos se me encresparon y sentí un recorrer helado en la columna.
Me puse una chamarra rompe vientos y me eché la cobija encima.
Traté de escribir un poco más pero los sonidos no me lo permitían. No podía distinguir qué eran, no sonaban a nada en específico y me intrigaron aún más.
Apagué la computadora, salí de la cama y me vestí llamado por la curiosidad.
Giré lentamente la manija de la puerta y me asomé al pasillo.
—¿Hay alguien ahí? —susurré pero nadie me escuchó.
Entré de nuevo a mi cuarto y pensé que no debería inmiscuirme en cosas que no me competían, por lo que quise regresar a la novela. Pero sabía que no podría concentrarme.
Los sonidos se mantenían y cada vez sonaban un poco más alto, sin con ello ser molestos.
Pero entonces escuché algo que me hizo jurar que eran voces, lamentos quizá, y se escuchaban femeninos. Eran de una mujer joven y pensé en Elka, había sido la mujer más joven que había conocido en todo el día y estaba seguro que era ella.
Tal vez le ocurría algo malo y decidí salir a buscarla.
Posiblemente estaba en un cuarto contiguo ya que los lamentos no se oían muy fuertes, así que salí a buscarla.
Crucé el pasillo buscando con el oído la habitación. Hallaba una puerta y pegaba la oreja a ella para tratar de escuchar su voz; cuando no lo hacía seguía mi camino y continuaba con otra puerta.
Me extrañé cuando recorrí todas las recámaras y no pude distinguir voz alguna. Cada cuarto estaba completamente en silencio y la voz no provenía de ninguno de ellos.
Quizá abajo, pensé y bajé las escaleras.
En silencio y guiándome por mis oídos me encontré en la barra de la posada y estaba en la más completa oscuridad.
No podía creer que los sonidos vinieran de la calle, pero por momentos lo pensé.
Dudé sobre si salir a buscarla allá afuera o regresar a mi habitación.
Salir de noche en una villa desconocida quizá era muy arriesgado pensé, pero al mismo tiempo me tranquilizaba diciendo que por lo que había visto en el día y por lo que conocí de sus habitantes, era una villa muy tranquila, la cual no daba muestras de violencia sino de seguridad total.
Así que abrí la puerta y hallé una fuerte neblina que atravesaba la atmósfera y todo lo envolvía como una pesadilla. Tuve miedo y quise cerrar la puerta, cuando entonces la descubrí.
A lo lejos, y en medio de la bruma, a mitad de la calle, noté una figura femenina con un camisón tan delgado que lograba resaltar su esbelta figura como una silueta.
Era Elka.
Así que caminé hacia ella, y cuando me acerqué le entregué mi chamarra para protegerla del clima.
—Tenemos que regresar—le dije—. Hace demasiado frío.
Pero su rostro estaba pálido, con una mirada tan inexpresiva que dudé que me hubiera escuchado.
No le dije nada más y abrazándola la encaminé a la posada.
Al principio su caminar fue lento, sumiso y obedecía cada paso que yo daba, pero cuando estábamos a una micra de la puerta, escupió un quejido suave y se transformó en llanto.
Me detuve, observé su rostro y dos lágrimas corrían por sus mejillas.
—¿Qué tienes? —le pregunté intrigado.
—Me siento muy sola—dijo.
—No estás sola, yo estoy contigo.
—No, no lo estás—y lloró—. No tengo amigos, nunca tendré hijos. Soy estéril y nadie quiere casarse conmigo. No tengo estudios, sólo soy un ser más en este mundo. Una estadística y nada más.
Recién la había conocido, no sabía mucho de ella, pero lo poco que sabía me había agradado. A veces se necesita tratar a una persona por varios años para conocerla; otras veces con sólo unos días; pero unas cuantas horas, no estaba seguro de ello.
Nadie me esperaba en México, yo mismo no tenía novia.
Mi trabajo está en mi computadora, no tengo una oficina y escribo a distancia. Diablos, hasta mi programa de radio lo puedo hacer desde lejos.
Era tan hermosa que me sentía encantado, y por un instante pensé estar con ella.
Dejar todo y estar con ella.
Pero antes de decirle algo se dio la vuelta y salió corriendo desaforadamente.
—¡Elka! —le grité y corrí detrás de ella.
La bruma nos envolvía con fuerza y ella me llevaba ventaja, no podía distinguir por dónde iba. Cuando creía alcanzarla la escuchaba por otro lado.
—¡Elka! —grité su nombre repetidas veces y corrí por todo el pueblo siguiendo sus lamentos de un lado a otro sin saber a dónde ir, sin poder alcanzarla o sin siquiera saber dónde estaba yo.
La villa que hacía unas horas había recorrido en menos de una hora, en ese momento lucía enorme. Llegaba a una calle y la encontraba gigante, la cruzaba y me topaba con otra que jamás había visto. Y el pueblo crecía cada vez más y más y no podía encontrarla.
Sólo escuchaba sus gritos y su llorar se clavaba en mi pecho con un dolor tan desgarrador como un cuchillo.
—¡No estás sola! —le gritaba, pero no parecía oírme.
Tenía miedo de perderla, y más que nada tenía miedo del puente.
Recordé la historia de su hermano Jarek y me sentía aterrado; porque esa mirada que habían descrito de él cuando pisó el puente, esa expresión fría y vacía, ese cuerpo encorvado que tienen los muertos cuando se les erradica el alma, era justo la imagen de Elka cuando comenzó a llorar.
Corrí por todo el pueblo y la busqué como un desesperado.
Evitaba el puente, no quería cruzar por ahí y deseaba con toda mi alma que ella no se dirigiera en esa dirección.
—¡Elka! —estallaba y mis chillidos rebotaban en las calles empedradas como tambores de guerra.
Y entonces lo encontré.
De pronto la bruma se abrió ante mis ojos y el puente apareció como por arte de magia.
La construcción enorme y poderosa surgió ante mí como una figura maldita, casi evocada por el mismo diablo.
Era hermoso, imponente. De arquitectura gótica, con una longitud de 250 metros, más o menos. Un ancho de 7 metros. Apoyado en unos 10 arcos, quizá. Con dos torres distribuidas entre sus cabeceras, y 20 estatuas situadas a ambos lados del mismo, con un estilo barroco y un realismo tan impresionante como mágico.
Su belleza me llamaba y era como si las mismas estatuas me hablaran e invitaran a cruzarlo.
Por un momento, ante majestuosa hermosura, me olvidé de ella, y permanecí ahí parado admirándolo como un idiota quizá por 10 minutos.
Era como si la belleza de semejante arquitectura me quitara cualquier deseo de hacer algo; como si ya no tuviera vida propia y sólo deseara contemplarlo. Podía sentir cómo olvidaba todo a mi alrededor, como mis recuerdos se esfumaban, y abandonaban mi cuerpo, mi mente y mi corazón.
El pasado ya no importaba.
Quién era, qué era o para qué había nacido ya no era más.
Sólo el puente.
Únicamente me importaba la belleza del puente y me lisonjeaba a cruzarlo, convivir con él, y con un demonio, vivir ahí, entre sus piedras y quizá convertirme en parte de él. ¡Ser una maldita roca!
Violentamente un palo cruzó el aire y se reventó en mi frente dejándome inconsciente.
Cuando abrí los ojos me encontré una vez más en mi habitación.
Por un momento creí que todo había sido un sueño pero me dolía la cabeza.
Me quejé un poco y me hallé a Gutka que me acercó un poco de tela mojada y me la colocó en la frente.
—Perdona a Józef—agregó en un torpe inglés—. No quiso hacerte daño.
—¿Józef? —pregunté intrigado—. ¿Qué pasó?
—Anoche te encontró en el puente—colocó un ungüento en mi frente y me acercó un poco de agua. La bebí—. Dice que tenías la mirada de asombro que suelen tener los que ven el puente por primera vez. Justo antes de que se convirtiera en un vacío absoluto.
»Te golpeó y dejó inconsciente antes de que tu alma se esfumara.
»Te trajo aquí para salvarte la vida. Me pidió que te dijera que le perdonaras por el golpe, pero era lo más rápido para alejarte de ahí.
No supe qué contestar, así que sólo dije: "no hay problema".
Bebí un poco más de agua cuando me acordé de ella.
—¿Y Elka? ¿La encontraron?
—¿Elka?
—Sí, ¿dónde está? —pregunté y eché un grito—: ¡Elka!
Pero Elka no entró.
Y no la vi en todo el día.
Nadie quiso decirme nada.
Yo estaba dispuesto a hacerlo, dejar mi vida pasada y permanecer ahí con ella. Algo tenía, algo muy profundo. Estaba seguro que no necesitaba de mucho tiempo para conocerla. Lo poco que la había tratado era suficiente.
Quería quedarme ahí, tratarla más tiempo y unirme a ella, quizá para siempre.
Pero Elka no apareció.
Ante mis gritos desaforados llamándola, Gutka me obligó a callarme y así lo hicieron los demás.
—Ya no digas nada—me ordenaron—. Lo mejor es que te vayas. No deseamos correrte—dijo Gutka—. Lo hacemos por tu bien, es mejor que te marches.
Insistí un poco más, no deseaba irme. Sólo quería quedarme ahí. Buscarla por todo el pueblo y hacerle el amor. No me importaba si era estéril o no, sólo me importaba ella. Pero nadie me escuchó.
—Vamos—señaló Józef—te llevaré a Zwierzyniec, ahí podrás tomar el tren.
Quise suplicar un poco más pero me calló con la mirada.
Sin fuerzas y sin poder hacer nada más, le obedecí.
Me despedí de Gutka y de los demás y me subí al auto.
Durante todo el camino no hablamos. Algo tenía en la mirada que lo decía todo.
Trataba de preguntarle pero no tenía caso.
Dentro de mí lo sabía. No quería decirlo pero lo sabía.
Porque justo antes de que Józef me golpeara, por un instante, menos de un segundo, vislumbré el cuerpo de Elka que caía del puente, desplomado por unos de los arcos hacia el río.
Me dejó enfrente de la estación y trató de prestarme un poco de dinero.
—Estoy bien—dije—, tengo el viaje cubierto con eurorail.
Me despedí de él de un apretón de manos, le dije que se cuidara y le agradecí sus atenciones.
Se subió a su auto y al darle yo la espalda, susurré:
—Pude…
—Sí, lo sé—expresó y ninguno de los dos agregó una frase más.
Se marchó y yo tomé el tren a Varsovia, al llegar ahí me olvidé de Auschwitz y preferí seguir de largo a la república Checa. Me hospedé en Praga, en un albergue para viajeros y dos días después visité el campamento de concentración de Theresienstadt en la población de Terezín.
Ahí se habían encerrado numerosos judíos procedentes de Checoslovaquia; alrededor de los 144.000 judíos que pasaron por ahí, unos 40.000 procedían de Alemania, 15.000, de Austria; 5.000, de los Países Bajos; unos 300 de Luxemburgo y 500 judíos de Dinamarca, así como también otros procedentes de Eslovaquia y Hungría. Alrededor de la cuarta parte de los deportados—aproximadamente unos 33.000—murieron en el campo de concentración por las malas condiciones: el hambre y las enfermedades. Unas 88.000 personas fueron trasladadas de ahí hacia Auschwitz y a otros campos de exterminio.
Cuando terminó la guerra, sólo se encontraron 17.247 supervivientes.
Fue una época de dolor y sufrimiento.
Muchos de ellos murieron, y otros más se suicidaron.
Las razones eran diferentes, lo que habíamos vivido era muy distinto, incomparable. Pero el sentir que pude haber vivido con ella y darle un poco de luz a su vida, y envolvernos en felicidad infinita me hacía sentir vacío, tan vacío, quizá como el llanto de un judío en un campo de concentración.


Foto tomada en el campo de concentración de Terezín, Praga.